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Archive for the ‘Familia’ Category

Un Tributo

El domingo en la madrugada, otro gran hombre de Dios en mi vida, mi hermano Roger, entró a la Presencia de Dios con la paz del Dios a quien amaba.

En el enero pasado, aun mientras mi esposo, Jaime,  recibió su diagnosis de cancer que no tenía ni cura ni tratamiento,  Roger se encontraba en cuidados intensivos con pulmonía.  Le diagnosticaron con cancer sin cura, pero hubo posibilidad de tratamiento para prolongar su vida.  Seguían meses de la químioterapia y tratamiento con antibióticos.

Roger y yo nos gozamos en nuestro primer encuentro en diez años cuando viajé a Indiana en Mayo ― un hermoso tiempo de compartir recuerdos y nuestro amor.  Me partió el alma al abrazarlo en despedida.  Salieron las lágrimas al pensar que a lo mejor no nos volveríamos a ver en esta vida.

Por la gracia de Dios, mi otro hermano, David, y yo pasamos el día de Acción de Gracias con Roger y su familia.  Fue nuestro último tiempo juntos los tres.  Nunca me imaginaba que en menos de quince días Roger estaría regocijándose con el Señor en su Hogar Celestial, y nosotros aquí llorando nuestra pérdida.

Roger y Jaime fueron las dos personas que más me impactaron en mi vida espiritual.  Roger me introdujo a mi necesidad de Cristo como mi Salvador.  Jaime me ayudó a crecer más em mi conocimiento de Dios y mi amor para con El, y también en mi diario caminar con el Señor.  Ambos  nurturaron y regaron  mi fe y me hicieron una mejor persona.  Y los dos demostraron sin cesar el amor incondicional de Cristo para conmigo.

Mi historia, “La Chica de la Funeraria,” es mi tributo personal a mi hermano Roger.  Él me abrió la puerta a recibir el regalo que me cambió la vida, tanto como en el presente como por toda la eternidad. http://storiesfromthevine.com/la-chica-de-la-funeraria/

Gracias, Roger, por amarme tanto.  Por protegerme.  Por cuidarme.  Por fielmente llamarme y preocuparte por mi bienestar y mis necesidades.  Por tu ejemplo constante de un hombre que amaba a Dios con todo su corazón, alma, y mente, y que siempre puso las necesidades de otros primero a las tuyas propias.  Te extrañaré demasiado.

Tu vida ha dejado su impresión en muchos.  No solomente eras un hermano sin par, sino que también un amoroso y entregado esposo, padre, abuelo, y amigo.  Mientras tú te gozas en tu Hogar Eternal, tu legado de amor sacrificial, entrega, y fidelidad vivirá en nuestros corazones.

“Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres;  siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.” 2 Corintios 3:2-3

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Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.”  Mateo 1:23

Fue en esta época de la Navidad hace un año que me di cuenta de la gravedad de la enfermedad de mi esposo.  “Cada día lo veo más débil, como que le está saliendo la vida,” pensé mientras lo miraba caminar lentamente hacia la recamara para descansar.   Pero rápidamente puse a un lado estos pensamientos y me enfoqué en hacer cita con su doctor.

Sin embargo, pasamos la temporada de la Navidad con todas sus tradiciones.  De hecho, en el día de hoy hace un año fuimos  a Disneylandia y disfrutamos un hermoso concierto de música navideña.  Aunque visiblemente débil, Jaime pudo gozarse con la familia.

Una semana después Jaime subió la escalera al desván de la casa y bajó las cajas de decoración navideña.  Fue nuestra costumbre juntos poner las luces en el árbol navideño.  Sabía que mi esposo tenía mucho dolor, pero caracteristicamente no se quejó mientras pacientemente puso cada luz.  Lo hizo por mí. Fue su muestra de amor para con su novia (yo), amándome como Cristo ama a Su iglesia y puso Su vida en sacrificio por ella (Efesios 5:25).

Acercando el día de Navidad, un día Jaime llegó a  casa frustrado por su fracaso en su búsqueda de un regalo para mí.  Le aseguré que estaba más que contenta con la nueva Biblia de estudio que me había ordenado y que el mejor regalo  fue tenerlo a él a mi lado.

Llegó la Nochebuena, y Jaime me dijo que asisitiera sola al servicio en la iglesia.  Me preocupé cuando me dijo que no tenía la energía suficiente para asistir y también predicar la mañana siguiente.

El día siguiente, domingo, fue el día de Navidad.  Jaime predicó en mensaje hermoso.  Resultó ser su última predicación.  En camino a casa después confesó que había pensado que no iba a poder terminar con su mensaje y también saludar a la gente después, fue tanto su debilidad y dolor.

Cuando nos juntamos con los hijos y los nietos  para nuestra celebración familiar, Jaime no asumió su papel normal de leer la historia del nacimiento de Cristo de la Biblia y también encargarse de repartir los regalos de debajo del árbol, como se acostumbraba hacer todos los años. Este año no pudo.  Se quedó en el reclinador, pálido, débil, y con dolor, saliendo en medio del festejo para acostarse.  Nunca hubiérmos imaginado que en los siguientes días Jaime se encontraría en el hospital y que recibiría una diagnosis de cancer que no tenía ni tratamiento ni cura.  Sería su última Navidad con nosotros.

Seguía el árbol puesto hasta casi mediados de Enero.  Cada noche al regresar del hospital, me quedaba sentada en la quietud de la sala, con las únicas luces las que brillaban en el árbol navideño.  Me fue muy difícil quitar este recuerdo tangible de esos últimos momentos felices de poner las luces navideñas juntos – el regalo de amor sacrificial de mi esposo hacia mí.  Casi sentía su presencia en la sala.

Ahora en esta Navidad Jaime no está conmigo.  En medio de la pérdida, sigue la vida.  Esta noche mi hijo, Steve, me ayudó a poner las luces en el árbol.  ¿Extrañé a Jaime?  Por supuesto. De hecho, hablé de él constantemente mientras trabajabamos.  “Tu papá hizo las luces así,” decía a mi hijo.

He llorado unas lágrimas hoy.  Pero mezclado con las lágrimas de tristeza había lágrimas de gratitud.  Agradecida porque se que no estoy sola.  ¡Dios está conmigo!  Me ha mostrado vez tras vez en el año desde la Navidad pasada que El es mi Emanuel – mi Dios conmigo.  En las buenas y en las malas.  En mis momentos felices y en mis momentos de sentirme sola.  Mi Emanuel está conmigo ― hoy y todos los días.

Emanuel.  Dios con nosotros.  Esta verdad es la belleza de la Navidad.

 

 Preguntas para meditar:

¿Conoces tú personalmente a este Emanuel?

¿Puedes pensar en una ocasión en especial cuando te significaba mucho el saber que Dios está contigo?

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