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Cuando están viajando en el carro, mis nietos juegan un juego de contener la respiración cuando pasan por un túnel. Ellos  se divierten mucho.

En realidad, a mi no me gustan los túneles. Aunque a veces no se puede evitarlos, como en un viaje por carretera, yo no entro voluntariamente a un túnel a menos de que pueda ver la luz al final.

Esto me recuerda de un viaje a Hawái que hicimos mi esposo, Jaime, y yo hace unos años con familiares.  Decidimos un día subir a una montaña para una panorama de la isla.  Todo nos iba bien hasta que llegamos a túnel.  Como no pude ver la luz al final, opté por quedarme atrás.  Fue cuando mi esposo tiernamente me extendió la mano para guiarme con seguridad hasta el final.  Confiando en él, empecé la jornada, casi conteniendo la respiración ― no por diversión sino por  miedo.

Hace unos años una amiga quien había perdido a su esposo compartió que para ella, ser viuda a veces era como pasar por un túnel sin poder ver una luz al final.

Hoy marca el segundo aniversario de mi propia vida como viuda.  En realidad, durante el primer año no experimenté el túnel del cual ella me habló. Quizás fue porque mi enfoque fue en el ajuste a mi nueva vida y también por tratar y recuperarme del cáncer del seno.  Aún la primera mitad del segundo año se llenó de nuevas metas y aventuras.

Fue hace unos meses cuando de repente un día empecé a sentir como entraba a un túnel, batallando para ver la luz al final ―lo mismo de que otras viudas me habían hablado.  “Espérate un momento, Luisa,” me dije. “Para ti como creyente, aunque a lo mejor sientes como que pasas por un túnel oscuro, sin dirección y sin final, siempre hay luz al final.”

Me acordé que Dios ocupa las experiencias de túneles en la vida para ayudarme a crecer en mi fe.  En Job 23:10 leo las siguientes palabras: “Mas él conoce mi camino; Me probará, y saldré como oro.”

A veces los ocupa para enseñarme a confiar en Su bondad: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes. Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a Jehová.”

Y aún aprendo a depender en que El me guie. “Con todo, yo siempre estuve contigo; Me tomaste de la mano derecha.   Me has guiado según tu consejo” (Salmo 27:13-14).

A fin de cuentas, como creyente siempre hay luz al final del túnel porque tengo esperanza en Cristo: “. . . Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27).  No solo tengo esperanza en Sus propósitos en las experiencias diarias de mi vida, sino que también tengo esperanza para un futuro eterno con El.  “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 Pedro 1:3).

Por eso sigo creyendo que “por fe andamos, no por vista” (2 Cor. 5:7). Confío en El y dependo de Él, dejando que El me guie, sabiendo que “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb. 11:1).

Tengo esperanza, porque Dios sabe por dónde me lleva y qué hace en y a través de  mi vida.  Ha prometido estar conmigo y guiarme el día de hoy, y un día recibirme en gloria para estar con El eternamente.

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Hoy hubiéramos celebrado 45 años de matrimonio mi esposo y yo.  Memorias felices de nuestra vida como pareja ayudan a disminuir el dolor de extrañarlo.

  • El día de nuestra boda…..
  • El nacimiento de nuestro primer hijo, luego otro, y otro……
  • Memorias agradables de tiempos juntos como familia……
  • Un yerno y una nuera y seis nietecitos añadidos a la familia…..
  • Ministerio juntos en cuatro países/tres contenientes……..

Memorias sin fin.

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Sin duda ninguna, mi mejor memoria es de un esposo quien me amó incondicionalmente y sacrificialmente―mostrándome diariamente el amor de Cristo en innumerables maneras.

Se confirmó esta verdad en mi corazón cuando un ex alumno seminarista de mi esposo compartió sus recuerdos de Jaime.  En una sesión de clase en particular, me dijo, Jaime había enseñado la instrucción bíblica en cuanto al amor que un esposo ha de tener para con su esposa: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25).

Con lagrimas en sus ojos, recontó el alumno, Jaime compartió su corazón: “Si alguien lastima a mi esposa, así también a mi mismo me lastima.”

Le doy gracias a Dios por haberme dado un esposo quien me amó exactamente como Dios instruye en Su Santa Palabra.  Disfruto de memorias agradables hoy día porque Jaime se aplicó los principios de Dios a su vida.  

Hoy celebro 43 años de memorias compartidas con un hombre quien vivió lo que enseñó.  Feliz aniversario, mi Amor.

Preguntas: ¿Sabemos y aplicamos los principios de Dios a nuestras vidas?  ¿Los vivimos en nuestras relaciones familiares?

Mirando en el espejo una última vez antes de acostarme por la noche, me asusté con lo que vi.

Cirugía para el cáncer del seno había desfigurado mi cuerpo.  Quince días de la quimioterapia me había dejado calva.  “En realidad, eres un desastre,” me dije a mi misma en voz alta.

“En adición, perdiste a tu esposo hace unos pocos meses y te acuestas estando sola en la casa.  Has de estar devastada. “

Siguiendo con esta conversación conmigo misma, respondí, “Pero de alguna manera estoy contenta.”

Contenta.  ¿Qué significa?  ¿Cómo llega una persona a estar contento?

Mi diccionario define la palabra como “bastante feliz con lo que uno tiene o es; no deseando algo más o diferente.”

Años atrás, una amiga de la preparatoria una vez me dijo que yo era como una vaca contenta.  No tomé sus palabras como un cumplido en aquel entonces, sin embargo ahora que comprendo la definición de contenta, me agrada.  Implica estar satisfecha con lo que uno es o tiene.

Cuando estoy tentada a caer en la auto-compasión o el descontento,  me acuerdo de los versos bíblicos escritos por el Apóstol Pablo – versos conocidos pero con nuevo significado para mí en mis circunstancias actuales. Pablo elogia el contentamiento como una virtud en I Timoteo 6:6: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento.”

En Filipenses 4:11 dice, “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.”  Sigue en el verso 12 describiendo la gama de su experiencia personal: “Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.”

En lo personal, he hallado que el secreto de Pablo al contentamiento, dado por y enfocado en Dios, es verdadero y puedo proclamar con él sus palabras en el verso 13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”

Compartiendo su debilidad física, el “aguijón” en su carne, en 2 Corintios 12: 7-10, Pablo atribuye su contentamiento a la gracia, el poder, y la fuerza que tiene en Cristo aun en medio del sufrimiento.  Resume su pensamiento en verso 10: “Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”

El autor del libro a los Hebreos comparte la filosofía de Pablo cuando habla de estar “contentos con lo que tenéis ahora” (Hebreos 13:5). ¿Y su razonamiento?  “porque él dijo: ‘No te desampararé, ni te dejaré,’  de manera que podemos decir confiadamente: ‘El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre.’”

Además de los ingredientes de la gracia, el poder y la fuerza de Dios en la receta de contentamiento, la presencia constante y continua y la ayuda de Dios quita el descontento, la soledad, y el temor.

En su libro, The Lord is My Shepherd: Resting in the Peace and Power of Psalm 23 (E Señor es mi Pastor: Descansando en la Paz y el Poder del Salmo 23 – traducción mía), autor Robert J. Morgan escribe: “Cuando el Señor es nuestro Pastor, es suficiente.  Él es suficiente.  Suficiente para llenar nuestras necesidades, calmar nuestros nervios, aclarar nuestra vista, restaurar nuestra alma, asegurar nuestro futuro, y bendecir nuestro día” (p. xv,).

Siguiendo con el verso 2 del Salmo 23, aprendemos la fuente del contentamiento: “En lugares de delicados pastos me hará descansar; Junto a aguas de reposo me pastoreará.”  Dice Morgan de este versículo: “Cuando nuestro Pastor está cerca, podemos relajar nuestra mente.  Pensamientos ansiosos se retiran en la presencia del Señor y Su Palabra y Sus promesas.  Llega el contentamiento cuando nos damos cuenta que Él es todo lo que necesitamos y Él llena todas nuestras necesidades.  Este conocimiento imparte una actitud de quietud de espíritu” (p.54).

Agrega Morgan, “El contentamiento es decir, ‘Pueda que el mundo se me caiga a pedazos, pero yo me mantengo de pie porque tengo a Jesús. Aunque a veces confundido y ocasionalmente turbado, tengo la base del bendito contentamiento en Su compasión y poder ‘” (p.57). Continua diciendo, “En vez de recordarse de lo que usted anhela, recuérdese de lo que tiene. . . Y sea agradecido (p.57).

Nunca hubiera yo escogido perder a mi esposo y recibir una diagnosis de cáncer del seno en un mismo año ( de hecho, en cualquier momento).  Y es más, no quisiera experimentarlo de nuevo. Y para ser honesta, hay días cuando batallo algo. Pero no cambiaría por un solo momento lo que he aprendido y cómo he crecido espiritualmente y como persona a través de esta experiencia.  Atesoro la paz y el contentamiento que encuentro en medio de mis circunstancias cuando practico los principios dados por Dios.

Entonces creo que se equivocó mi amiga.  Soy una oveja contenta, no una vaca contenta. Con Su gracia, fuerza, poder, y presencia en mi vida, estoy satisfecha con lo que tengo porque el Señor es mi Pastor.  No deseo algo más o algo diferente.

El Señor es mi Pastor, y es suficiente.  Estoy agradecida.

“He estado tan ocupada que no he tenida tiempo a atender mis raíces.”  Rápidamente abandoné mis pensamientos originales de las raíces de un árbol cuando mis ojos alcanzaron ver la cuarta de pulgada de pelo blanco entre el pericráneo y su cabello rojo.

Durante los últimos diez años, las ocupaciones de la vida habían  evitado que yo atendiera mis raíces. No me refiero a las raíces de mi pelo – desde cuando cada pelo en mi cabeza está completamente blanco – sino que a mis raíces físicas.  La diagnosis de cáncer del pulmón en mi hermano Roger me motivó a suspender mis otras actividades y cruzar las millas entra California y Indiana para regresar a mis raíces en Indiana.

Con camera en mano, empecé el recorrido de mis raíces.  Volví a visitar los lugares familiares en el pueblo en que nací y me crié.  La casa y vecindad donde crecí, mi escuela, el negocio familiar, aún los cementerios donde están sepultados mis papás, abuelos, y otros antepasados me inundaron de memorias.

Me acordé cómo me había sentido sin raíces con la muerte de mis padres (mi mamá en 1991 y mi papá en 1993), aunque ya tenía muchos años de vivir lejos de casa.  ¿Ahora dónde pertenecía?  ¿Dónde me iría cuando sintiera deseos de volver a casa?  Raíces echadas profundamente sacadas de la tierra fértil dónde se habían nutrido y alimentado durante 45 años.  Dependía yo de estas raíces para proveer estabilidad, puesto que mi esposo y  yo habíamos movido de Costa Rica a España a México y últimamente al Sur de California en nuestro trabajo misionero.  Ahora no existían.

Sentí profundamente mi responsabilidad de proveer este mismo tipo de hogar en donde nuestros tres hijos podrían echar sus raíces.  Jaime y yo intentábamos que existiera la tierra fértil en donde sus raíces podrían echarse cada vez más profundas, ser nutridas y refrescadas, y crecer.  Muchas eran las veces cuando nos paramos juntas en la entrada de la casa despidiendo a nuestros hijos a su salida después de una visita a casa.  “Gracias, Señor, que mi esposo y yo podemos hacer de nuestro hogar un lugar en donde nuestros hijos tienen sus raíces, un lugar a donde siempre pueden regresar.  Gracias que estamos aquí haciendo esta despedida juntos.”  Me imaginaba poder hacer lo mismo todavía durante muchos años en el futuro hasta la vejez.

Ahora, aunque revistaba mis raíces,  volví a sentir los mismo, sin raíces y tan sola.  Tres meses antes, Dios había llevado a mi esposo a Su Presencia, a la edad de 65 años, haciendo pedazos de mi sueño de proveer raíces para nuestros hijos aun envejeciéndonos juntos.  Nuestro hogar ya no fue lo mismo.  ¿Cómo yo, siendo viuda, iba a seguir proveyendo un lugar para las raíces de mis hijos?  ¿Y dónde estaban mis raíces?  Me parecía que todos en me alrededor pertenecían a alguien y tenían su lugar.  ¡Hasta las vaquillas de mi sobrinita, con su lugar en el granero colocado en el terreno de mi hermano, tenían su pareja!

Dulcemente Dios me recordó de los versos que me habían impactado hacía muchos años en mi primer año de universidad:

“Pido en oración que, de sus gloriosos e inagotables recursos, los fortalezca con poder en el ser interior por medio de su Espíritu. Entonces Cristo habitará en el corazón de ustedes a medida que confíen en él. Echarán raíces profundas en el amor de Dios, y ellas los mantendrán fuertes” (Efesios 3:16-17*).

Desde entonces he visto a mi vida como un árbol creciente cuyas raíces se echan continuamente más y más profundas mientras se nutren en el gran amor de Dios.  Aun en medio de las circunstancias más  difíciles de la vida, todavía estoy firmemente arraigada en Su amor con raíces que siguen creciendo cada vez más profundas  ¡Hallo me estabilidad en Él!  Estoy segura en esta verdad.

Deseo continuar con el recorrido por mis raíces en Cristo.  Le pido a Dios que a medida que otros viajan conmigo, todos experimentaremos lo escrito en los versos que siguen en el pasaje de Efesios 3:

18 Espero que puedan comprender, como corresponde a todo el pueblo de Dios, cuán ancho, cuán largo, cuán alto y cuán profundo es su amor. 19 Es mi deseo que experimenten el amor de Cristo, aun cuando es demasiado grande para comprenderlo todo. Entonces serán completos con toda la plenitud de la vida y el poder que proviene de Dios (Efesios 3:18-19*).

*Nueva Traducción Viviente© 2010 by Tyndale House Foundation

 

Un Tributo

El domingo en la madrugada, otro gran hombre de Dios en mi vida, mi hermano Roger, entró a la Presencia de Dios con la paz del Dios a quien amaba.

En el enero pasado, aun mientras mi esposo, Jaime,  recibió su diagnosis de cancer que no tenía ni cura ni tratamiento,  Roger se encontraba en cuidados intensivos con pulmonía.  Le diagnosticaron con cancer sin cura, pero hubo posibilidad de tratamiento para prolongar su vida.  Seguían meses de la químioterapia y tratamiento con antibióticos.

Roger y yo nos gozamos en nuestro primer encuentro en diez años cuando viajé a Indiana en Mayo ― un hermoso tiempo de compartir recuerdos y nuestro amor.  Me partió el alma al abrazarlo en despedida.  Salieron las lágrimas al pensar que a lo mejor no nos volveríamos a ver en esta vida.

Por la gracia de Dios, mi otro hermano, David, y yo pasamos el día de Acción de Gracias con Roger y su familia.  Fue nuestro último tiempo juntos los tres.  Nunca me imaginaba que en menos de quince días Roger estaría regocijándose con el Señor en su Hogar Celestial, y nosotros aquí llorando nuestra pérdida.

Roger y Jaime fueron las dos personas que más me impactaron en mi vida espiritual.  Roger me introdujo a mi necesidad de Cristo como mi Salvador.  Jaime me ayudó a crecer más em mi conocimiento de Dios y mi amor para con El, y también en mi diario caminar con el Señor.  Ambos  nurturaron y regaron  mi fe y me hicieron una mejor persona.  Y los dos demostraron sin cesar el amor incondicional de Cristo para conmigo.

Mi historia, “La Chica de la Funeraria,” es mi tributo personal a mi hermano Roger.  Él me abrió la puerta a recibir el regalo que me cambió la vida, tanto como en el presente como por toda la eternidad. http://storiesfromthevine.com/la-chica-de-la-funeraria/

Gracias, Roger, por amarme tanto.  Por protegerme.  Por cuidarme.  Por fielmente llamarme y preocuparte por mi bienestar y mis necesidades.  Por tu ejemplo constante de un hombre que amaba a Dios con todo su corazón, alma, y mente, y que siempre puso las necesidades de otros primero a las tuyas propias.  Te extrañaré demasiado.

Tu vida ha dejado su impresión en muchos.  No solomente eras un hermano sin par, sino que también un amoroso y entregado esposo, padre, abuelo, y amigo.  Mientras tú te gozas en tu Hogar Eternal, tu legado de amor sacrificial, entrega, y fidelidad vivirá en nuestros corazones.

“Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres;  siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.” 2 Corintios 3:2-3

Dios con Nosotros

Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.”  Mateo 1:23

Fue en esta época de la Navidad hace un año que me di cuenta de la gravedad de la enfermedad de mi esposo.  “Cada día lo veo más débil, como que le está saliendo la vida,” pensé mientras lo miraba caminar lentamente hacia la recamara para descansar.   Pero rápidamente puse a un lado estos pensamientos y me enfoqué en hacer cita con su doctor.

Sin embargo, pasamos la temporada de la Navidad con todas sus tradiciones.  De hecho, en el día de hoy hace un año fuimos  a Disneylandia y disfrutamos un hermoso concierto de música navideña.  Aunque visiblemente débil, Jaime pudo gozarse con la familia.

Una semana después Jaime subió la escalera al desván de la casa y bajó las cajas de decoración navideña.  Fue nuestra costumbre juntos poner las luces en el árbol navideño.  Sabía que mi esposo tenía mucho dolor, pero caracteristicamente no se quejó mientras pacientemente puso cada luz.  Lo hizo por mí. Fue su muestra de amor para con su novia (yo), amándome como Cristo ama a Su iglesia y puso Su vida en sacrificio por ella (Efesios 5:25).

Acercando el día de Navidad, un día Jaime llegó a  casa frustrado por su fracaso en su búsqueda de un regalo para mí.  Le aseguré que estaba más que contenta con la nueva Biblia de estudio que me había ordenado y que el mejor regalo  fue tenerlo a él a mi lado.

Llegó la Nochebuena, y Jaime me dijo que asisitiera sola al servicio en la iglesia.  Me preocupé cuando me dijo que no tenía la energía suficiente para asistir y también predicar la mañana siguiente.

El día siguiente, domingo, fue el día de Navidad.  Jaime predicó en mensaje hermoso.  Resultó ser su última predicación.  En camino a casa después confesó que había pensado que no iba a poder terminar con su mensaje y también saludar a la gente después, fue tanto su debilidad y dolor.

Cuando nos juntamos con los hijos y los nietos  para nuestra celebración familiar, Jaime no asumió su papel normal de leer la historia del nacimiento de Cristo de la Biblia y también encargarse de repartir los regalos de debajo del árbol, como se acostumbraba hacer todos los años. Este año no pudo.  Se quedó en el reclinador, pálido, débil, y con dolor, saliendo en medio del festejo para acostarse.  Nunca hubiérmos imaginado que en los siguientes días Jaime se encontraría en el hospital y que recibiría una diagnosis de cancer que no tenía ni tratamiento ni cura.  Sería su última Navidad con nosotros.

Seguía el árbol puesto hasta casi mediados de Enero.  Cada noche al regresar del hospital, me quedaba sentada en la quietud de la sala, con las únicas luces las que brillaban en el árbol navideño.  Me fue muy difícil quitar este recuerdo tangible de esos últimos momentos felices de poner las luces navideñas juntos – el regalo de amor sacrificial de mi esposo hacia mí.  Casi sentía su presencia en la sala.

Ahora en esta Navidad Jaime no está conmigo.  En medio de la pérdida, sigue la vida.  Esta noche mi hijo, Steve, me ayudó a poner las luces en el árbol.  ¿Extrañé a Jaime?  Por supuesto. De hecho, hablé de él constantemente mientras trabajabamos.  “Tu papá hizo las luces así,” decía a mi hijo.

He llorado unas lágrimas hoy.  Pero mezclado con las lágrimas de tristeza había lágrimas de gratitud.  Agradecida porque se que no estoy sola.  ¡Dios está conmigo!  Me ha mostrado vez tras vez en el año desde la Navidad pasada que El es mi Emanuel – mi Dios conmigo.  En las buenas y en las malas.  En mis momentos felices y en mis momentos de sentirme sola.  Mi Emanuel está conmigo ― hoy y todos los días.

Emanuel.  Dios con nosotros.  Esta verdad es la belleza de la Navidad.

 

 Preguntas para meditar:

¿Conoces tú personalmente a este Emanuel?

¿Puedes pensar en una ocasión en especial cuando te significaba mucho el saber que Dios está contigo?

Hace casi dos semanas tuve una operación para cancer de mama.  Aparte del nerviosismo preoperativo normal, entré al quirófono confiando plenamente en el Señor.  Aunque deseaba que no se encontrara cancer metastizado el los ganglios linfáticos como el resultado ideal, así no fue el caso.  Al examiner el ganglio de centinela durante la cirujía y encontrar células cancerosas, también quitaron diez ganglios más para examinarse.  Este próximo jueves el oncólogo me dará los resultados junto con un plan de tratamiento.

Acepto el plan de Dios para mi vida y no dudo de Su poder en llevarme por esta próxima etapa de mi tratamiento.  Sin embargo diaramente tengo mis pequeñas luchas con el temor.  Mi Padre en Su amor y gracia infinita me ha recordado de la esperanza que tengo en El y que mi futuro está en Sus manos.  Quisiera compartir hoy lo que escribí en Domingo de Resurrección, un corto tiempo después de la promoción de mi esposo al cielo, lo que me ha ayudado hoy en guiar mis pensamientos.

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Hace un poco más que cinco semanas que falleció Jaime.En mi adaptación a la vida sin él, cada día aprendo un poco más sobre el proceso de duelo.  En realidad, pienso que me ha dolido más en esta última semana que en las primeras cuatro juntas.  Especialmente en el Domingo de Resurrección, todo un gama de emociones inundó la brecha enorme en mi corazón.

El Domingo de Resurrección fue el día favorito de mi esposo.  La victoria y esperanza asociadas con la resurrección de Cristo también siempre han sido la base de mi propia fe y la fuente de mi fuerza diaria.  De la misma manera que asistí al servicio del Viernes Santo para darle gracias a Dios por enviar a Su Hijo Jesús a morir en mi lugar, también anticipaba los servicios del domingo para alabar al Cristo resucitado.

El hecho de asistir a estos servicios sin Jaime fue una nueva experiencia, y  por lo mismo me sentí más vulnerable.  Primero asistí al servicio en inglés.  Para cuando terminaba la última estrofa del himno de clausura, “Porque Él Vive,” las lagrimas rodaban por mi mejilla.  “Yo sé que un día el río cruzaré; Con el dolor batallaré.  Y al ver la vida triunfando invicta, Veré gloriosas luces y veré al Rey.” En mi mente repasé la batalla tan valiante de mi esposo con el dolor, y lloré por lo que habría sentido sabiendo que se enfrentaba con su batalla final.  Me dolió que había tenido que sufrir tanto.   ¿Qué habría pensado y sentido en los últimos momentos de su vida?  ¿Cómo sería tomar su último aliento y en un instante ver a Su Salvador cara a cara?

Vacilaban mis emociones entre tristeza – tristeza por todo lo que Jaime había sufrido y también por el hecho que no estaba a mi lado ― y gozo en saber que mi esposo está celebrando  esta victoria continuamente en la Presencia del Señor.

En medio de lágrimas canté el victorioso coro:  “Porque él vive triunfaré mañana, Porque él vive ya no hay temor; Porque yo sé que el futuro es suyo, La vida vale más y más sólo por él.”*   La esperanza expresada en estas palabras me permiten vivir cada día en triunfo.

Secando mis lágrimas, empecé a saludar a la gente llegando para el servicio en español.  Como parte del programa me habían pedido que cantara un número especial sola. No sabía si podría, pero a la vez sabía que sería terapéutico afirmar a través del canto mi propia fe en la victoria de la resurrección. Y precisamente así fue.

Por varios años he cantado el canto “No Pudieron” en este día de celebración, pero jamás lo he cantado con el sentimiento y signficiado de este año.  Extrañé ver a Jaime sentado en la primera fila, con su sonrisa de aprobación y su “¡Amén!” jubiloso al final.  Me empoderó el pensar en la victoria de mi esposo sobre la muerte y que ahora él está en la presencia del Salvador.

“¡Gloria a Dios, Resucitó!  ¡Resucitó!”  culminó el victorioso canto.  Y, ¡oh la victoria que yo sentí cuando la música subió a su glorioso climax!  La congregación entera estalló en un aplauso de gozo y gratitud al Señor por esta hermosa verdad.   Al teminar el canto, yo me senté y sollocé, dándole gracias a Dios por la realidad de nuestra esperanza  y por permtirme cantar Sus gloriosas alabanzas ahora y por toda la eternidad.

*Canto por Gloria y William J. Gaither©1971